El Ministerio de Justicia rechaza indemnizar al armador de un buque despedazado durante dos registros por los agentes, que sospechaban que llevaba toneladas de droga

Investigación EL PAÍS

A los agentes de la Guardia Civil les llamó la atención que, justo al acercarse a 30 millas de la costa, el capitán del Merbey desconectase el AIS del buque (sistema de ayuda a la navegación) e iniciase una «trayectoria errática».  Antes de abordarlo también sopesaron los aparentes nexos del buque «con compañías vinculadas al tráfico de hachís». Esos fueron los argumentos que expuso el juzgado de la Audiencia Nacional que supervisó la operación, el central número 5, para ordenar el bloqueo de la nave y su traslado al puerto de Algeciras.

El buque procedía de Guinea Bissau y se dirigía a Malta. Oficialmente, con toneladas de grano para la agricultura. Nadie se lo creyó. Al contrario, las autoridades acariciaban la idea de estar ante uno de los alijos de droga más espectaculares del año. Lo cifraban en toneladas.

La operación fue un desastre cuyas consecuencias aún hoy se ventilan en los tribunales españoles. Tras varios e infructuosos días taladrando el mobiliario del buque, los agentes desistieron: allí no había ningún alijo de droga. Cuando se apercibieron del error ya era tarde, determinadas partes del buque se parecían a un queso gruyere.

Aunque no se halló nada, la autoridad portuaria decidió retener el barco hasta que se solventasen unas deficiencias técnicas y burocráticas descubiertas durante una inspección paralela al registro judicial. En Algeciras estuvo atracado el Merbey hasta el 24 de marzo del año siguiente, más de tres meses, ante la desolación de la tripulación, nueve marinos procedentes de Ghana, Colombia, Senegal, Togo y Rumanía y un español. Con el argumento de que el buque no producía, el armador les bajó el sueldo. De vez en cuando les enviaba viandas y algo de dinero para que subsistieran. Pero la tensión creció entre ellos. Hubo hasta un intento de motín. Echaron al capitán la culpa de sus males.

Los dueños del barco tuvieron que repatriar al capitán —del que nada más se ha vuelto a saber en Algeciras— y sustituirlo por otro para apaciguar los ánimos. “Lo pasaron realmente mal, era víspera de Navidad; algunos no aguantaron y se marcharon a sus países; no había ningún cargo judicial contra ellos”, evoca Marco Antonio de Felipe, el abogado de la sociedad dueña del buque, Barchester Holdindig Limited, radicada en Gibraltar pero residenciada en Comores.

El 11 de enero de 2016, se produjo otro hecho curioso. La Guardia Civil informó al juez de que había recibido un chivatazo sobre el Merbey de la Oficina para la Represión del Tráfico de Estupefacientes de Francia. Los agentes pidieron al juez realizar un registro más exhaustivo en el buque, pero ya sin limitaciones, que incluyera hasta los camarotes. Adujeron que Francia les había enviado un informe en el que ya no hablaba de toneladas de hachís, pero sí de que se ocultaban en el barco 300 kilos de cocaína. El juez accedió. La cocaína es de las drogas más duras. La tripulación estuvo siempre bajo vigilancia. Para salir del puerto antes tenían que franquear la aduana y eran cacheados.

La Guardia Civil volvió al barco con los taladros y las brocas el 19 de enero. Fue el segundo registro. Pusieron el barco patas arriba: horadaron armarios y chapas, destrozaron la refrigeración, levantaron paneles en busca de zulos, rajaron botes salvavidas…  Pero allí seguía sin haber nada. El juez José de la Mata decidió entonces archivar el asunto.

Resuelto el problema burocrático, el barco se entregó finalmente a sus dueños el 24 de marzo, dos meses, pero tal y como lo dejó la Guardia Civil. Destrozaron hasta una lavadora que tenía la tripulación para limpiar la ropa (valorada en 500 euros por los peritos). “Todo fue un error desde el principio, se equivocaron de barco”, remacha De Felipe.

Desde entonces, el abogado está intentando que alguien se haga cargo de los daños causados a la nave, casi 15.000 euros en destrozos, según el informe sobre daños hecho por peritos contratados por la sociedad Barchester. “No hemos querido exagerar los daños, no se ha inflado nada». Barchester ha pedido una indemnización al Estado español.

Todo el mundo se ha desentendido de los daños, empezando por el Ministerio de Justicia, que en una resolución del pasado 29 de abril a la que ha tenido acceso EL PAÍS se niega a indemnizar. Alega que, al tratarse de una investigación judicial, los dueños del barco «han de soportar» de sus propios bolsillos los gastos ocasionados por la fallida intervención de la Guardia Civil.

Los dueños del buque no dan crédito a esta resolución: “Un Estado democrático que se equivoca debe tener la sensatez de resarcir el daño ocasionado”, añade el letrado. “Porque los daños están ahí, nadie del barco fue acusado de nada, ¿quién paga los daños de los destrozos?». 

El Ministerio de Justicia es el que responde económicamente de las operaciones judiciales fallidas que generan graves perjuicios a inocentes. Pero es muy restrictivo a la hora de indemnizar.  Y la norma que regula la responsabilidad patrimonial del Estado parece escrita para esquivar las indemnizaciones.

Un ejemplo es que hay muchas personas que son encarceladas preventivamente y luego absueltas y Justicia rechaza indemnizarles porque existe el criterio de que un absuelto por presunción de inocencia está obligado a soportar los efectos de una acción judicial equívoca, lo que ha sucedido en el caso del Merbey.

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