Rubén Morera, de 29 años, es el regidor de Cachorrilla, un municipio del norte de Cáceres con 83 vecinos

El último niño del pueblo ahora manda más que nadie. Rubén Morera, de 29 años, se convirtió en alcalde de Cachorrilla en 2015. Logró la confianza de sus 83 vecinos—más del 70% jubilados—contra todo pronóstico. “No me lo creía”, cuenta sonriente desde su despacho. Se presentó de manera independiente, amparado por el PSOE. “A mí no me gusta la política”, remarca. Pero venció al alcalde popular de toda la vida, que tenía más de 80 años. Tal fue su alegría, que celebró la victoria electoral con champán por las calles empedradas de este municipio cacereño.

Dice que no cambiaría su infancia por nada. De pequeño iba en autobús a un colegio de Coria, un pueblo de unos 12.000 vecinos situado a 22 kilómetros, donde nació. “Aquí no tenía amigos, salvo los fines de semana que mis padres me llevaban en coche a Coria. Luego me saqué el carné y listo». Más tarde estudió un módulo relacionado con las placas solares que le sirvió para conseguir su primer empleo antes de entrar en política. “Lo dejé porque no podía desatender a los vecinos todo el día”. Se autoimpuso un salario de 500 euros que complementa como cartero por las tardes en los municipios de alrededor. “Me he criado aquí. Esto es lo mío”.

Durante su mandato le ha dado tiempo a construir dos parques nuevos, un gimnasio para los abuelos, reformar la piscina —“en verano el pueblo se multiplica por tres”—, reparar las calles, adquirir varias piraguas para hacer rutas, comprar el primer coche municipal, poner internet gratis—“hasta donde llegue”— cambiar el alumbrado de las farolas por luces led y hasta a construir un horno para que los mayores asen los pimientos que recogen del huerto. “Lo que tienes que hacer en un pueblo son servicios para la gente”.

El presupuesto que maneja son 100.000 euros. “Pero todas estas cosas se hacen gracias a las subvenciones de la Diputación. Su labor rural es muy importante”. Él, por si acaso, solicita todas las que salen. Y si no queda claro, acude con su coche a la sede que tienen en Cáceres para remarcarlo. “Ya está aquí el niño que pide”, le soltó una vez la presidenta de la corporación con sorna.

Junto a sus cuatro concejales también ha cambiado el modo de comunicación con los vecinos. El sólo se fue a una empresa y compró una instalación para difundir bandos municipales. “Los comunicados los grabo en un audio de WhatsApp para no equivocarme”. El último fue hace unos días: “Se informa de que la carretera a la altura de Pescueza estará cortada 15 días. Muchas gracias”, se escuchó por los altavoces de las calles de Cachorrilla. Otro día adquirió un nuevo reloj para la plaza, que da las horas en punto. “Los de fuera se quejan cuando vienen porque suena por la noche, pero a nosotros nos encanta”.

Dice que una mañana, antes de las fiestas de agosto, se le ocurrió hacer un bando para que entre todos los vecinos construyeran una plaza de toros móvil. “Antes se contrataba una empresa que tardaba dos días”. Esta vez Rubén dijo: “Si se colabora habrá desayuno y un pincho”. El montaje duró cuatro horas.

El pueblo tiene redes sociales. Él mismo creó una página de Facebook donde se informa de todo. El último entierro fue hace año y medio. Los mayores del lugar recuerdan que en los 60 había casi 600 vecinos, pero la mayoría emigró hacia Cataluña en busca de una vida mejor. Hoy algunos parientes de ellos se comunican por WhatsApp con Rubén y le felicitan por este barniz juvenil que ha impregnado al pueblo.

No tiene pareja ni hijos. Dice que la despoblación se produce por la ausencia de políticas estatales. «Solo se piensa en las grandes ciudades». Desde que él tomó las riendas han llegado un par de familias jóvenes. De hecho, han nacido dos niñas. “Y otra más está en camino”. Los padres de Rubén están muy orgullosos de él. Su hermana, sin embargo, le pide que lo deje porque todo esto es muy sacrificado. “Los primeros días fueron muy difíciles. Esto no se enseña, pero me sirvió para perder la vergüenza. Yo era muy tímido. Pasaba sed con tal de no pedir un vaso de agua”.

En el único bar de Cachorrilla algunos vecinos aseguran que será reelegido. Aquí confiesa que, si vuelve a ganar, dirá adiós a la política en 2023. “Ocho años está bien. No soy político”. Si pierde, se queda con el recuerdo de cuando venció en 2015. «En el pueblo se corrió la voz de que no había bastón de mando y, a los pocos días, cuatro vecinos se presentaron por sorpresa en el Ayuntamiento y me regalaron dos artesanales”.

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