La población femenina de un municipio de León ha caído un 21% en la última década, el triple que la masculina; es la mayor brecha por sexos de España

«¿Qué dice, que mi pueblo pierde muchas más mujeres que hombres?», responde atónito el alcalde, el veterano Manuel Ferreras. «¡Yo solo veo viudas andando por la carretera!», replica el primer edil, que este domingo opta a la reelección por tercera vez. La misma cara de sorpresa ponen sus paisanas al decírselo: la mayoría han nacido aquí, muchas menos han regresado y aún más raras son las que han decidido instalarse desde otros sitios en este municipio. Lo componen 13 pequeños pueblos rodeados de campos verdes de cebada. Las cifras del padrón no entienden de políticas paritarias: solo el 42% son mujeres. Y caen año tras año.

En la receta de la despoblación femenina del campo entran, según los expertos que han estudiado el fenómeno consultados, ingredientes bien distintos. Algunos de ellos son parte del plato desde hace décadas; otros se han añadido en los últimos años. El ámbito rural brinda menos faena a las mujeres que a los hombres. El entorno favorece, aunque más en el pasado que ahora, que fueran los varones quienes trabajasen las tierras, y que las heredasen. Las mujeres han sido trabajadoras invisibles: en sus DNI constaba «sus labores», pero además de la ocupación doméstica a menudo cuidaban del campo y el ganado. Y todo sin cotizar un céntimo.

Además, el yugo machista de muchos lugares pequeños no daba respiro a las jóvenes que querían progresar, trabajar o formarse. Se fueron a las ciudades en la que los expertos llamaron «huida ilustrada». Dos ingredientes más: los programas de desarrollo rural han beneficiado, por lo general, más a ellos que a ellas, y las mujeres viven más de media; es frecuente que cuando quedan viudas marchen para quedar al cuidado de los hijos, que ya no viven en los pueblos.

ampliar foto

Es una rebelde a esa casuística, pero no lo sabe: Rocío Álvarez, 38 años, conductora de autobús, es de Vegas. Se fue fuera, pero ahora quiere que crezcan en su pueblo sus dos hijos. Las calles muertas están llenas de casas con las persianas echadas y tablones apostados contra las puertas para que no se filtre dentro la lluvia. Vacías todas. «En plena crisis nos pedían 90.000 euros por una casa de 200 metros cuadrados que hay que rehacer entera», se lamenta. La realidad de dio un tajo a la petición, que quedó al final en 50.000 euros. Rocío compró el inmueble y ahora hay que retejar y echar muchas horas, junto a su marido en paro, para hacerlo habitable e instalar una calefacción que, por si no fuera duro el invierno de la comarca, casi ninguna vivienda tiene en la zona. Cuando habite su casa el colegio no podrá quedarle más cerca: la escuela unitaria, con 14 alumnos, ocupa el edificio aledaño.

«Paisano que se muere, casa que se cierra», sentencia Luis Sánchez Robles, presidente de una junta vecinal de la zona. A sus 36 años ha sido el más joven de su entorno hasta el nacimiento de su hijo, hace siete meses. Disputas de herencias entre hermanos que viven lejos las mantienen cerradas a cal y canto, asegura. Y, además, la comarca parece no existir para las apps inmobiliarias. Encontrar vivienda en alquiler y en buenas condiciones se antoja casi un milagro.

Lo comprobó pronto Estrella Alfaro, 35 años, nacida en Cuenca y prendada de la Tierra de León. Trabaja en la Universidad y vive, tras mucho bregar buscando casa, en estos campos deslindados por cercas de plantas vivas. «Puedo seguir una carrera y vivir en plena naturaleza. Eso solo se puede hacer aquí y en Canadá», dice sonriendo. Estrella alterna su trabajo como conservadora de un herbario con talleres de botánica en la Fundación Cerezales, que toma su nombre de otro de los pueblitos que conforman Vegas. Su sede, un edificio fastuoso custodiado por bueyes grises, resume el sueño de mejorar su pueblo de un viejo emigrante hijo de labradores: Antonino Fernández se fue desde Cerezales a México tras la Guerra Civil. Allí hizo fortuna como administrador de la cervecera Modelo. Murió en 2016 y su fundación da trabajo a 10 personas (una multitud en un municipio en despoblación); dos se han venido a vivir a Vegas. Sus fondos han apoyado que un estudiante de ingeniería de la zona, Iván Valbuena, diseñe un acelerómetro que detectará cuándo la persona que lo porte sufre una caída y enviará una señal a sus familiares. Iván tiene en mente a sus dos abuelos. Viven solos en Cerezales, como muchos de los mayores del pueblo.

La campaña electoral pasa de largo

Solo tres señores Cayos se ven en la plaza del ayuntamiento de Vegas a pocos días de las municipales. Se sientan en la terraza del único bar que queda. A ninguno de estos vecinos veteranos les han pedido el voto para las municipales. Más allá de una simple pegada de carteles, en Vegas la campaña pasa de largo. Lo confirma Pilar Sancho, 32 años, trabajadora con discapacitados intelectuales y concejal que concurre a la reelección por el PSOE. Pero las siglas políticas importan poco. Antes del anterior alcalde hubo otro, a quien se recuerda con mucho cariño. «Dudo de que a la gente, si le preguntas por qué partido se presentara, lo supiera; era Moisés, no el candidato del PSOE», reconoce Pilar. De los nueve concejales, seis son socialistas y tres populares. No hay lugar para la nueva política. «Aquí pervive el bipartidismo», bromea Alba, 48 años, periodista reconvertida en artesana y coach que lleva un año y medio en Vegas. De buen grado acepta el apelativo neorrural. Viajera sin tregua, ha encontrado aquí la base desde la que moverse por el mundo.

ampliar foto

¿Qué piden los lugareños para quedarse con gusto en Vegas? Que se mantenga la subvención a la guardería y que el colegio tenga comedor para que los padres puedan dejar a sus hijos e irse a trabajar a donde hay trabajo, en la capital, a menos de 30 kilómetros. Que mejore Internet y que se ayude a autónomos como María de Celis, bióloga de 38 años a la que sus compañeros de universidad miraron raro cuando les dijo que se volvía a su pueblo a montar, con una hipoteca y un crédito ICO, una explotación de cabras lecheras. Con todo, su trayectoria ya no es tan singular: «Muchos de los nuevos ganaderos son profesionales del campo y han estudiado ADE o agrónomos», afirma impávida.

En las últimas municipales, en 2015, votaron siete de cada diez censados, menos de lo habitual en los pueblos de su tamaño, cuya abstención ronda el 22%. Algo tiene que ver el que, en la práctica, muchos sigan empadronados pero ya no vivan aquí. Lo sabe Julia Gago, 79 años, presidenta de la asociación de mujeres, la única que no queda viuda entre su docena de mejores amigas. Se aburrió de contar ovejas y ahora «prefiere contar personas», las que de verdad viven aquí de continuo todo el año: su padrón nocturno las cifra en 62 en Villanueva, uno de los pueblos del municipio y en algunos más, hasta 72, en la capital, Vegas.

Más nuevo que el folleto antiabortista de la iglesia, un cartel cuelga en el tablón del ayuntamiento y anima a Julia a que visite una exposición en la Fundación Cerezales. El espacio entre las cosas, se titula. En Vegas hay mucho, cada vez más, entre las personas.

(*) Se ha consultado a Lorenzo López Trigal, catedrático emérito de la Universidad de Léon; Milagros Alario, profesora titular de Análisis Geográfico Regional de la Universidad de Valladolid; Mercedes Molina, catedrática de Geografía Humana de la Universidad Complutense de Madrid; Eugenio Cejudo, director del Departamento de Geografía Humana de la Universidad de Granada; y Francisco Antonio Navarro, profesor contratado del mismo departamento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Check Also

La CNMV estima que las mujeres alcanzarían la cuota del 30% si cada cotizada sustituyera a un solo consejero

Pone de manifiesto la falta de presencia femenina en puestos ejecutivos, que apenas alcanz…