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Pedro Sánchez ha conseguido darle la vuelta a la mítica frase del estadounidense John F. Kennedy. El presidente del Gobierno español no se pregunta “qué puede hacer por su país”, que sería lo lógico en un jefe de Estado que se precie de ello, sino qué puede hacer España y sus recursos públicos por él. Por ahora, posibilitarle una incesante actividad internacional que resulta excesiva. Sánchez se está tomando su presencia en La Moncloa como una suerte de viaje de fin de curso sin pausa. En menos de seis meses ya ha realizado más viajes fuera de nuestras fronteras que el propio ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell. No es de extrañar, por otra parte, si tenemos en cuanta el catering de auténtico lujo del que goza a bordo del Falcón: lubina salvaje, salpicón de vieiras y cava.

En vez de solucionar problemas internos tan graves como los casos de corrupción y escándalos que ensucian la actividad de su equipo, la radicalización independentista en Cataluña, la llegada masiva de inmigrantes o la ralentización económica que amenaza nuestro futuro, ha efectuado 19 desplazamientos a otros países con un nivel de lujo que lo convierte por derecho propio en un destacado representante del socialismo caviar. A pesar de que nunca ganó unas elecciones y que cada vez que compareció en ellas empeoró sus guarismos, está aprovechando en beneficio propio todos los recursos que le da su Presidencia. Ni siquiera presta una atención especial a los intereses de su partido.

En los próximos días, el PSOE se juega la preponderancia en una plaza tan importante como Andalucía, pero Susana Díaz sólo ha podido contar con su presencia durante dos jornadas, mientras el resto de líderes políticos no se mueven de Andalucía. Sus constantes viajes y relaciones con líderes internacionales no han valido, sin embargo, para situar los intereses de España en un lugar de privilegio dentro del acuerdo final entre la Unión Europea y Reino Unido con respecto al Brexit. Muy al contrario, el Ejecutivo socialista ha hecho el ridículo con Gibraltar a pesar de la debilidad que presentaban los británicos en las negociaciones con una cuestionadísima Theresa May. Factores que parecen no importar a Pedro Sánchez. Ya lo dice el refranero popular: “Ande yo caliente…”.

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