Fórmula 1 – Gran Premio de España

Quinto doblete consecutivo de los alemanes con un coche inabordable y victoria de Hamilton. Carlos Sainz, octavo

Se encuentran dos pilotos españoles extripulantes de la Fórmula 1, saludos cariñosos, la familia tal y cual, y rápidamente la conversación entre Roberto Merhi y Jaime Alguersuari gira en torno a Mercedes, que ha conseguido el quinto doblete consecutivo de cinco carrera del Mundial 2019 de Fórmula 1. «¿Tú has visto el on board? El coche no se mueve nada, absolutamente nada, va pegado al suelo. Un agarre increíble, como nunca he visto», comenta Alguersuari. «Es casi como conducir en el simulador. No corrigen nunca el volante. Con ese coche cualquiera es campeón», corrobora Merhi. En Montmeló, en Europa, en el mundo entero, el asombro respecto a este Mercedes híbrido es superlativo. Es insultante su dominio, casi humillante. Esta vez ganó Hamilton, su victoria número 76 que lo devuelve al liderato, pero pudo hacerlo Bottas, puesto que el título será para uno de los dos. Carlos Sainz, gran carrera del madrileño, terminó octavo saliendo desde la duodécima posición.

Las teorías y las voces conspiranoicas de la F1 advierten que tal vez a Mercedes le interese más un éxito global de Bottas, cuyo manager es Toto Wolff (el jefe del equipo alemán), y que en realidad el fabricante teutón juega con sus adversarios. Les otorga expectativas durante los entrenamientos y las clasificaciones, y luego saca el mazo en las carreras.

Es casi denigrante para Ferrari, que pugna desde la ampulosidad de su imperio sin ninguna posibilidad de aproximarse al gigante germano. Bottas y Hamilton están ocho décimas, casi un segundo, por delante de Ferrari.

En Montmeló, donde todas las escuderías aportan material aerodinámico, nuevas piezas, artesanía de la ingeniería para ganar tiempo al tiempo, cualquier equipo anuncia novedades, décimas de ganancia y demás. Mercedes nunca dice nada, jamás especula. Fiabilidad alemana. Llega la carrera y se regodean en una superioridad apabullante, innegociable.

La única duda que hubo la resolvió la salida. Lucía en la pole Bottas, fortalecido, ensanchado, con su barba que afila sus rasgos más duros, y estaba detrás Hamilton. Salió mejor el campeón del mundo, se puso en cabeza y hasta luego. Se acabó la carrera en lo relativo al triunfo.

En la vuelta 19, ni un tercio de carrera, Hamilton ya había doblado al Williams de Kubica, cuatro segundos más lento por vuelta. Algo así como si el Barça o el Madrid disputan la Liga contra el Rayo Majadahonda o el Elche.

Hubo una mínima esperanza, Max Verstappen, incrustado en tercera posición por delante de los Ferrari. Pero la fogosidad del holandés no es suficiente para plantear un desafío a ese Mercedes.

La mayor preocupación de Bottas era otra. «No entiendo por qué he salido tan mal si he hecho todo lo que estipula el protocolo».

Hubo otras cuestiones, como la pugna entre los pilotos de Ferrari, el veterano Vettel al que todo el mundo sacude ahora, o el novato Leclerc, al que la Fórmula 1 promociona como nueva cara. Se impuso Vettel, que no conquistó cuatro mundiales por casualidad.

Un accidente de Stroll y Norris provocó un coche de seguridad, única emoción del día, a 16 vueltas de la conclusión. Resalida y más de lo mismo. Nadie le discutió su éxito a Hamilton y Bottas.

Estupenda fue la prestación de Carlos Sainz, que partió duodécimo y se consolidó como hacen los pilotos de categoría. Recogiendo frutos a última hora, cuando los demás desfallecían después de salir vencedor de muchas luchas: la presión de Ricciardo, las embestidas de Grosjean, el ritmo de Kvyat… Al final, un buen octavo puesto que lo compensa por un fin de semana que no empezó bien. «Me tengo que reír porque no tenía ritmo, no tenía feeling con el coche, pero al final, hemos sabido aprovechar la oportunidad».

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